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Noticias Curiosas, NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

7 septiembre, 2013 bastioncatolico NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA R. P. Juan Carlos Ceriani Celebramos y festejamos el día de vuestro nacimiento como un día de alegría. Es tradición de familia alegrarse con el nacimiento de un niño; y mucho más si es el primero de los hijos. ¡Qué felicitaciones! ¡Qué enhorabuenas no reciben sus padres!? Y, sin embargo, ¡cuántas veces deberíamos llorar! ¡Cuántas veces deberíamos dar un pésame mejor que una felicitación! Preguntemos ante la cuna de un niño recién nacido, ¿qué porvenir le espera? Y a todo lo dulce y agradable debemos responder con duda e incertidumbre? No lo sabemos? Sólo podemos asegurar que tendrá que sufrir, y esto ciertamente. Nadie le enseña a llorar?, es lo único que aprende sin maestros, y esas lágrimas ya no se secarán más en sus ojos y en su corazón. Por gracia de Dios, recibirá el Santo Bautismo, y con él la gracia, pero? ¿cuánto le durará? Bien se puede asegurar que cuanto le dure su inconsciencia; apenas tiene uso de razón y ya inicia a pecar. ¿Cómo se conoce que ya tiene uso de razón? En la mayor mayoría de los casos, en que, precisamente, ya tiene malicia para pecar. ¡Qué pena! Pero es así. Bien pensado, pues, no hay nada más triste que el nacimiento de un niño. El dolor, las lágrimas, la incertidumbre, el pecado, la concupiscencia?, rodean su cuna? ¿Dónde está el causa para alegrarnos? ¿Cómo obra la Santa Iglesia? De modo completamente distinto. Nunca, salvo tres excepciones, celebra el nacimiento de sus hijos como el mundo; en cambio, cuando el mundo se viste de luto, Ella se alegra en el día de su muerte. En efecto, en todos los Santos conmemora el día de su muerte y le llama el  nacimiento para el Cielo  y constituye en ese mismo día su fiesta. En cambio, pasa en mutismo el día en que nació para este mundo. Tenemos, pues, principios diametralmente opuestos. El mundo estima las cosas con ojos terrenos y celebra el principio de esta vida; la Iglesia atiende sobre todo a la vida celestial y no le importa el nacimiento para la tierra, sino para el Cielo. ¿Quién tiene razón? Hemos de convencernos de que el punto de vista de la Iglesia es el verdadero. El día en que se nace, es día en que inicia el dolor, la enfermedad y la muerte. Nacemos condenados a padecer y a morir. El día de la muerte, si se muere en gracia de Dios, da comienzo a la vida verdadera que no tendrá ya muerte, ni dolores, ni sufrimientos, sino una eternidad dichosa, feliz y bienaventurada. Esta es la vida. El nacimiento para esta vida eterna bienaventurada es el único digno de ser celebrado. Esa es la norma general. Pero, dijimos, tiene tres excepciones. La Iglesia misma así lo reconoce; Ella, que jamás celebra el nacimiento terreno de sus hijos, tiene momentos en que se viste de alegría, se transforma y manifiesta en masivos efusiones de ternura y contento inmenso, que no puede reprimir, y constituye fiestas especiales para celebrar tres nacimientos: el de Vuestro Señor, el de San Juan Bautista, y el que hoy celebramos: ¡el nacimiento de la Santísima Virgen María!, la mujer predestinada para ser la Madre de Dios. Un día como hoy manifestó sobre la tierra con su alma santa e inmaculada, con la misma pureza y santidad con que salió de las manos de Dios?; y su vida terrena es vida de gracia?; no es una vida celestial, sino ciertamente divina. Por eso la Iglesia lo celebra y a todos nos invita a celebrarla con estas palabras:  Con alegría grande celebramos la Natividad de la Santísima Virgen María, pues su nacimiento ha llenado de alegría el universo mundo. Alégrate, pues, cristiano, y corre a felicitar a tu Madre querida; la única que merece ser felicitada en su nacimiento, la única que trae con su vida terrena el germen de la vida de la gracia para sí y para todos los demás. La Natividad de la Santísima Virgen establece un causa de gozo universal, para la tierra y para el Cielo. En su nacimiento se alegran Dios, los Ángeles, los Santos y la Iglesia toda. Gozo de Dios. La Inmaculada es la obra maestra de sus manos. Al ver el Señor las cosas que había creado, le parecieron muy buenas y se gozó en ellas. ¡Cómo, pues, se gozaría al ver a María! Recordemos cómo el tio pecó y con su pecado toda la creación y el plan de Dios se trastornaron. Ya no permitía el Señor contemplar con gusto la tierra; no tenía donde posar sus ojos. Por todas fracciónes se había desarrollado el reino del pecado? Pero surge María y todo cambia. Después de cuatro mil años vuelve Dios a ver preciosa la creación, la tierra, los hombres; ya no se aparta su vista de ellos con repugnancia. Otra vez ve su imagen perfecta y pura; en María y por María contempla restaurada esa imagen en los demás. ¡Qué gozo el de Dios al ver a María en su nacimiento! ¡Qué gozo al contemplarla tan pura, tan santa, tan llena de gracia! El Padre Eterno se goza con el nacimiento de su Hija predilecta. El Hijo, al ver ya en la tierra a la que daría el nombre dulcísimo de Madre, ¡cómo la miraría y la contemplaría y se gozaría en Ella! El Espíritu Santo, que tanto empeño tuvo en que esta Niña tuviera más gracia, hermosura, pureza y santidad que todos los demás Santos juntos, ¡con qué cariño y amor inmenso fuese colocando una por una todas las virtudes en el Corazón de su Esposa Inmaculada! Gozo de los Ángeles. Después de Dios y juntamente con Él, se alegraron los Ángeles. Ha nacido su Reina y Señora; la que, después de la divinidad, constituirá el espectáculo más bello del Cielo. Comparan a esa Niña con todas las bellezas del Cielo, y reconocen que después de Dios ninguna puede equipararse con Ella. Traen ahora a la memoria aquella rebelión de Lucifer?, porque Dios les hizo ver que un día tendrían que adorar a su Hijo hecho hombre? Reconocen como Reina suya a la Madre de ese Hijo; y estiman que la soberbia de Lucifer creyó verse humillada ante esa Mujer, y no quiso admitir esa prueba y lanzó el grito de rebelión que arrastró a tantos ángeles al infierno? Veamos, pues, al demonio lleno de cólera y desesperación, ya que al ver a María no tiene más remedio que confesar que es incomparablemente más preciosa que él, y, por tanto, la falta de razón que tuvo al rebelarse de aquel modo. Miremos a los Ángeles buenos gozándose ahora más que-nunca de haber sido leales a Dios, pues en premio no reciben ninguna humillación, sino que es para ellos una gloria tener a María por Reina. Gozosos e impacientes, no pudiendo contener su entusiasmo, descienden en legiones inmensas a la cuna de María queriendo ser todos los primeros en venerarla y ofrecerle sus homenajes. En cambio, la serpiente infernal lanza aullidos de cólera al sentir sobre su cabeza el peso de un pie delicado que la aplasta; y eternamente tendrá que sentir este quebrantamiento de su cabeza que tanto le humilla? ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación! Gozo de los Santos en el Limbo. ¡Pobres almas las que estaban encerradas en aquel destierro del Seno de Abraham! A pesar de ser almas justas y santas, no podían gozar de la gloria del Cielo. Eran las almas de los masivos Patriarcas, Profetas y personas excelsas del Antiguo Testamento. Siglos y siglos pasaron y el día de la libertad no llegaba nunca. ¡Qué largas se hacen las horas, qué perpetuos los días cuando se aguarda con afán una cosa que no acaba de llegar! ¡Cuál sería, pues, el deseo de aquellas almas! Pues bien, contemplémoslas en el día de hoy cuando el Señor les comunica que ya llegó a la tierra la Virgen predestinada?, que ya nació la Madre del Mesías prometido y profetizado?, que ya vivía la Reina que, con su Hijo, habría de darles la libertad? ¿Quién podrá aclarar aquel alegría y los cánticos de agradecimiento que entonarían al Señor, al mismo tiempo que de alabanza y bienvenida a la Santísima Virgen? Ahora sí que iban a contar las horas? ¡Poco tiempo más de prisión y, en seguida, la libertad eterna!?; esa libertad traída por una Niña encantadora que acababa de nacer. Debemos entusiasmarnos al ver este alegría tan grande en Dios, en los Ángeles y en los Justos. Debemos unirnos a ellos para cantar alabanzas ante la cuna hermosísima de María. Si es grande la gozo de Dios y de los Ángeles en el Nacimiento de María, no debe ser menos  la vuestra, pues al fin es a nosotros a quien más de cerca toca la Santísima Virgen, por ser de vuestra naturaleza misma y por ser nosotros los que más hemos de participar en los beneficios de su dichoso nacimiento. Gozo nuestra. El nacimiento de la Santísima Virgen es el fin de la triste noche?, noche de siglos en que yacía sepultada la humanidad? Isaías decía que estaba en sombras de muerte, pues tan triste era esa noche del pecado, que no hay nada con qué compararla que con las tinieblas negras y terribles de la muerte. En recurso de esa noche brillaban como estrellas las almas buenas con resplandores de santidad. Pero toda esa luz reunida no era nada, era insuficiente para disipar las tinieblas. Pero, en recurso de esa oscuridad, vemos la luz de la alborada, que se extiende cada vez más y crece su claridad y su luz. Entonces sí que se palpita la alegría y el alegría que consigo lleva la fantasma de la luz y del sol. Así manifestó María en recurso de aquellas tinieblas de muerte, como la aurora de Dios, como la dulce alborada tras de la cual vendría en seguida la luz del sol divino a iluminar a toda la tierra. Tu alegría. Y tú, en particular, alma cristiana, ¿no habéis de participar de esta alegría? Lo que ocurrió en el mundo, ¿no se reitera en el corazón de todos y cada uno de los hombres? ¿No lo sientes tú en el tuyo? ¿No veis esas noches de pecado, esas sombras de muerte inundando tu corazón? Y ¿no veis la luz, la única luz que puede iluminarte, que puede guiarte, que es Cristo, y que te viene por recurso de María? ¿No sientes cómo es Ella la aurora de tu vida? ¿Cómo no alegrarte en este nacimiento tan glorioso y tan benéfico para tu alma? A Jesús siempre precede María. Este nacimiento nos recuerda esta dulcísima verdad, de que María ha de ir siempre antes de Jesús. Dios quiso que en la naturaleza no naciera el sol de repente, sino que le precediera la preciosa claridad del alba; lo mismo ha querido en el orden de la gracia. No quiso que apareciera en el mundo el Verbo hecho carne sin que viniera antes como espléndida aurora la Niña Reina de los Ángeles, concebida sin mancha. No desea que salga y luzca el sol de Justicia, Cristo Jesús, sin que antes nazca en las almas espiritualmente la Madre de la Gracia. No quiere, en fin, establecer su Reino en este mundo sin que antes tenga su trono en él María. María es, por tanto, siempre la aurora de Jesús. No nos empeñemos en conocer y amar a Jesús sin estudiar bien a fondo y amar con cariño filial a María. Hagamos todo por María, con María, en María y para María, para dar gusto a Jesús? Será esta la mejor forma de festejar el Nacimiento de Vuestra Señora. RADIO CRISTIANDAD
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