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Ahí pasé todos los veranos de mi infancia. Me levantaba antes del alba, cuando la brisa era fresca y los colores del cielo suavemente azulados, para observar el mar y "sentir el infinito". Pensaba en el origen de los tiempos, como si yo afuera la única en presenciar aquel espectáculo. Escaso después venía el abuelo, bajábamos al vergel y, entretanto regábamos las plantas, nos sorprendía el amanecer. A las ocho de la mañana el desayuno estaba servido. Sobre la mesa siempre había un mayor plato con fruta, que acompañábamos con cierta otra cosa que la abuela preparaba al instante: cakes, huevos revueltos o chilaquiles. Cuando terminábamos de comer, la abuela me cantaba canciones: una sobre mariposas y otra sobre una llave y un ropero. Inspirada por la segunda, le pedí que me enseñara lo que había dentro del suyo. Me mostró retratos "dañadas por la sal del mar", su vestido de novia y muñecas que pertenecieron a mi madre. Al terminar de examinar los objetos que había en la habitación de mis abuelitos, seguí con el resto de la casa: encontré pelotas de golf, unos patines que me quedaron grandes, sombreros de playa, una botella de Coca Rabo en miniatura, ropa que olía raro, una cámara con la que jugué a ser fotógrafa y una guitarra con cuatro cuerdas. Sin embargo, mi principal hallazgo consistió en una colección de revistas, apiladas en el interior de una covacha, que tenían por título Selecciones Reader´s Digest. Mi abuelo era cantante de ópera y mi abuela concertista de piano. Del primero recuerdo pocas cosas, pero muy significativas: su voz −tan gruesa y majestuosa que hacía retumbar paredes−, los globos aerostáticos en los que trabajaba los domingos y despues hacía volar, la manera en que me decía " De la abuela recuerdo mucho más. Me enseñó a tocar
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